Era mi diluvio, pero no mi barca
Llovía torrencialmente y el agua ya había cubierto edificios, montes y cualquier resquicio de tierra firme. Era mi diluvio pero no mi barca, me dí cuenta porque un individuo bastante pesado, un tal Noe, no hacía más que pedirme el billete de embarque para que dejase libre el asiento, que al parecer pertenecía a otro pasajero. Había animales por todas partes que producían un ruido ensordecedor. Así que harto de todo aquel bullicio, le dí a un palomo un brote de olivo, y abandoné el barco, para ir inmediatamente a abrir el sumidero. Al fin y al cabo el diluvio era mío.
Etiquetas: Ficción


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