El hombre que decidió ser estatua
Un día alguien se acercó a mi, pero ni él ni yo dijimos nada, permaneció mirándome, así de medio lado, con la cabeza levemente girada. Yo inconscientemente me detuve y ninguno de los dos nos atrevimos a mirarnos de frente. Así es que los dos, por cierto con abrigo de lana gris, estábamos en diagonal respecto al sentido de nuestra marcha, inmóviles. Yo sentía que la gente miraba sorprendida, con miradas furtivas porque la tensión de nuestros cuerpos era tal que nadie se atrevía a pararse o a mirar fijamente. Recuerdo que era un día frío, un día prácticamente en blanco y negro. El tiempo pasaba y ni el ni yo parecíamos dispuestos a tomar ninguna iniciativa.
A pesar de su frialdad, aquella proximidad me reconfortaba y supuse que a él le sucedía lo mismo. Aquella noche llovió, era una lluvia pausada y constante. Una extraña lluvia cálida que nos empapó, y que penetró en nosotros a modo de purificación. Al amanecer, con los primeros ruidos y el transito urgente de la gente, sentimos que las miradas eran, en cierto modo, más atrevidas o al menos estaban impregnadas de cierta familiaridad. Algunos viandantes más curiosos y con menos prisa nos observaron pausadamente, ahora sin temor. Así trascurrieron los días y por los fugaces comentarios de la gente y sus abiertas miradas ya formábamos parte de aquella plaza. No puedo negar que aquella sensación de utilidad, tan inexistente en mi vida anterior, nos reconfortó y nos animó a continuar en aquella posición y en aquel lugar.
Ahora pasado el tiempo, con la llegada de la primavera, los turistas se acercan para tomarse fotos, echando el brazo por nuestros hombros, los niños se abrazan a nuestras piernas y como no algún perro… en fin situaciones cotidianas en el mobiliario urbano.
A pesar de su frialdad, aquella proximidad me reconfortaba y supuse que a él le sucedía lo mismo. Aquella noche llovió, era una lluvia pausada y constante. Una extraña lluvia cálida que nos empapó, y que penetró en nosotros a modo de purificación. Al amanecer, con los primeros ruidos y el transito urgente de la gente, sentimos que las miradas eran, en cierto modo, más atrevidas o al menos estaban impregnadas de cierta familiaridad. Algunos viandantes más curiosos y con menos prisa nos observaron pausadamente, ahora sin temor. Así trascurrieron los días y por los fugaces comentarios de la gente y sus abiertas miradas ya formábamos parte de aquella plaza. No puedo negar que aquella sensación de utilidad, tan inexistente en mi vida anterior, nos reconfortó y nos animó a continuar en aquella posición y en aquel lugar.
Ahora pasado el tiempo, con la llegada de la primavera, los turistas se acercan para tomarse fotos, echando el brazo por nuestros hombros, los niños se abrazan a nuestras piernas y como no algún perro… en fin situaciones cotidianas en el mobiliario urbano.
Etiquetas: Ficción


2 Comments:
¿ Es en estas cosas que escribes
últimamente donde tienes la cabeza
cuando estás pero no estás?
Eres como la caja de Pandora pero
sin que ahí salga nada malo.
Un beso.
Tu que me ves con buenos ojos, pero más que el ánfora de Pandora soy cajón "desastre".
Lo de las ausencias achácalo a mi avanzada edad. Un beso.
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