K itaj siempre fue un nómada. Siendo casi un adolescente trabajó en un carguero por los mares del sur y más tarde después de la Segunda guerra Mundial tomó rumbo a Europa. Llegó a Viena donde comenzó a descubrir la gran pintura europea. Años más tarde en Londres, enseño el camino a los Hamilton, Hockney, Allen Jones en los albores del Pop Art británico.
Kitaj supo elaborar un lenguaje pictórico propio, mezclando el fondo cultural de insaciable lector, con su avidez por conocer el mundo en el que se zambullía, tomando de él las más variopintas referencias, reinterpretando con su capacidad única la historia de la pintura.
A lo largo de su vida fue una inevitable referencia para los sucesivos movimientos figurativos europeos y americanos, pero nunca acepto pertenecer a ninguno.
En Estados Unidos la critica nunca le perdonó su desapego, ni su independencia y se lo hizo pagar situándolo en un escalón injusto para la calidad de su obra. Pero a Kitaj nunca le importó, más bien se encontraba a gusto con el título de artista maldito.
Personalmente descubrí a Kitaj en los años 80 en Madrid. Aún recuerdo el impacto que me produjo el cuadro de “El griego de Esmirna”. Tenía varios ingredientes para ello, en primer lugar un formato inusual, exageradamente vertical, por otro una composición subyugante con personajes de miradas dispersas distribuidos en varios espacios unidos por una escalera descendente. Recuerdo que sentí la necesidad de urdir una historia que ensamblase todos los elementos de aquel cuadro.
Más tarde pude leer lo que había escrito el propio Kitaj de este cuadro en el catálogo de una de sus exposiciones en la Tate Galery de Londres "Este retrato de mi amigo Nikos Stangos estaba inspirado en su compatriota el poeta griego Kavafis y en sus descripciones sobre su paseo diario por los burdeles del puerto de Alejandría. Yo acababa de volver a Londres de mi único viaje a Grecia, que duró muy pocos días, y entonces él posó para mí en esa actitud de paseante. Le conté a Stangos mi extraño y no consumado vagar por el puerto de El Pireo, imitando a Kavafis. Por tanto el cuadro se refiere a los dos poetas y a mí mismo".
Esta era una forma habitual de elaborar sus cuadros, inventando unos personajes y una historia que los enlazase. Él mismo decía que envidiaba a los grandes novelistas como Dickens, Dostoievski o Kafka, capaces de forjar personajes memorables.
El griego de Esmirna. Óleo sobre lienzo 76,2x243,8 cm
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